Creemos
necesario la publicación de estos artículos para vencer la amnesia colectiva
referente a la Segunda República y a la Guerra Civil que se produjo por la
represión franquista y por los estudios sesgados de los historiadores adictos al
Régimen. Las milicianas republicanas
constituyen un grupo al que se ha querido relegar de la historia de nuestro
país. Y son muchos los testimonios en torno al heroísmo, el coraje y valentía
de estas mujeres que combatieron en los distintos frentes y que causó el
asombro de los mismos milicianos.
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Foto: Cartel de la guerra civil. Biblioteca Nacional de España.
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En
1936, algunas mujeres, ante la agresión fascista al gobierno legítimo de la
Segunda República, se incorporaron a las movilizaciones populares y tomaron las
armas como respuesta inmediata al ataque de los rebeldes. Se unieron a sus
compañeros varones y se enrolaron en la milicia republicana. En un primer
momento no pensaron que su condición de mujer fuese problema cuando se unieron
a la resistencia armada. Fueron varias las causas que motivaron la
decisión de la participación de las mujeres en el combate armado:
*Demostrar su repulsa al fascismo.
*Su
conciencia política y social
*Defender los derechos políticos y sociales que
habían adquirido durante la República.
*Seguir participando en los movimientos
sindicales y sociales.
*Asumir un papel totalmente nuevo que rompía
las limitaciones de las normas tradicionales de la conducta de género.
Las movilizaciones antifascistas admitían que
las mujeres jóvenes y audaces pudieran optar espontáneamente por luchar igual
que los hombres. Algunas no quisieron aceptar un papel secundario en la
retaguardia. Otras, influidas por sus propias circunstancias acompañaban a sus
maridos o novios al frente. Incluso algunas madres acompañaron a sus hijos en
el campo de batalla. La mayoría de las milicianas eran jóvenes, estaban libres
de responsabilidades domésticas y sin cargas familiares. No existía una
política oficial de reclutamiento femenino, la entrada en la milicia era
voluntaria.
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Foto: Archivo Histórico Nacional
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El primer batallón femenino se formó en los
primeros días de agosto de 1936, compuesto por mujeres de Barcelona, Sabadell y
Mataró y se incorporó a las fuerzas republicanas que fueron a defender Mallorca
de los rebeldes fascistas. Aunque la experiencia cotidiana constituyó el apoyo
a los servicios auxiliares.
Algunas mujeres fueron a alistarse a las milicias por los
canales oficiales y fueron rechazadas en razón de su sexo, lo que ocasionó
decepción. Sin embargo, en los frentes, existía una división sexual del
trabajo, ellas realizaban las labores de cocina, lavandería, sanitarias,
correo, de enlace y administrativa. La falta de formación militar de las
mujeres provocaba esta segregación laboral. Aunque, no todas estaban de acuerdo
con que se le asignaran estas tareas.
Cuenta Mika
Etchebéhère, en su libro Mi guerra en España, (alcanzará el grado de
capitana, única mujer con mando de tropa en la guerra de 1936-1939) que llegaron
a su columna dos milicianas y una de ellas, llamada Manuela le dijo ¨He oído
decir que en vuestra columna las milicianas tenían el mismo derecho que los
hombres, que no lavaban ropa ni platos. Yo no he venido al frente para morir
por la revolución con un trapo de cocina en la mano¨.
Los
corresponsales de guerra y los miembros de las Brigadas Internacionales contribuyeron
a la buena propaganda de las milicianas en el extranjero, destacaron el valor
característico de muchas de ellas y describían la “gran seriedad y atractivo de
las jóvenes partisanas” que estaban movilizadas en los distintos frentes.
Heroísmo, valor y fuerza fue parte de la leyenda de la mujer soldado contra el
fascismo en las primeras semanas de la guerra.
Existen muchos testimonios sobre el heroísmo de mujeres que
lucharon en los frentes, la lista sería numerosa y no se pueden nombrar a todas.
Destacamos algunas de ellas:
Rosario “la Dinamitera” que con 17 años se incorpora a las
Milicias obreras del Quinto Regimiento y fue destinada a la sección de
dinamiteros. Ella decía “porque si no se detenía a los rebeldes tendríamos una dictadura
y nosotros, los trabajadores, lo pasaríamos mal”. El poeta Miguel Hernández la
inmortalizó reconociendo su valentía con su poema titulado“Rosario,
dinamitera”
Rosario, dinamitera
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.
Otra miliciana que ha pasado a la
historia de heroínas fue Lina Odena. En julio de 1936 tomó las armas y participó
en varios combates. El 14 de septiembre, junto al pantano de Cubillas, en un
control de los falangistas y viéndose rodeada, prefirió terminar con su vida
antes de ser prisionera y torturada, Lina sacó su revólver disparándose en la
sien.
Casilda Méndez, militante anarcofeminista y resistente
antifascista. Se destacó en
las luchas de julio de 1936 en San Sebastián y en la batalla de Irún, de la
cual tuvo que pasar a Francia. Volvió a la península vía Cataluña y marchó a la defensa de Madrid, posteriormente, entró en una brigada anarquista al frente de
Aragón.
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Rosario "la Dinamitera, Lina Odena y Casilda Méndez
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En
los carteles de guerra destacaba la imagen subversiva de la mujer combatiente
vistiendo un mono azul, llegó a tener más protagonismo que las imágenes de los hombres.
De esta manera, realizaban un papel de exhortación al cumplimiento de su deber
de milicianos en la resistencia antifascista.
La
adopción de la ropa masculina, mono azul, representando a los obreros o falda
pantalón, era una reivindicación a favor de la igualdad de condición. Pero eran
pocas las que lo vestían. No representó un sector significativo, e incluso
muchas mujeres de la clase obrera rechazaron esta vestimenta. En definitiva, la
miliciana no constituyó el modelo de mujer asociado a la resistencia fascista.
La
dirigente comunista Teresa Pàmies apostaba por la falda pantalón, decía: “esta
nos permitía saltar a los camiones, montar en bicicleta, trepar a las farolas,
salir con una brigada de ayuda a los campesinos o ayudar en las tareas de
desescombro”.
Según Mary Nash, “La miliciana no constituía un
nuevo y auténtico prototipo femenino sino, sencillamente, un símbolo de la
guerra y la revolución”,
También, hubo otro grupo importante de mujeres combativas,
las madres, consideradas heroínas de la retaguardia. Apelar a la maternidad y
al derecho de las madres a defender a sus hijos de la brutalidad fascista era
un método potente y eficaz y llegó a ser un factor importante para movilizar a
las mujeres hacia las causas antifascistas y revolucionaria. Muchos carteles representaban
imágenes de madres combativas correspondían a mujeres maduras representadas
como madres y esposas que trabajaban en la retaguardia en tareas de apoyo.
Meses más tarde la actitud hacia las milicianas
cambió de forma espectacular, se pasó de encomiarlas a ridiculizarlas y
desacreditarlas. Hubo un consenso social de obligar a las milicianas a
retirarse de los frentes de combate y les rogaban que se organizasen en la
retaguardia.
A finales de otoño de 1936, Largo Caballero,
aprobó unos decretos militares que ordenaban a las mujeres a retirarse del
frente. No todas lo abandonaron, pero su número descendió drásticamente. Casos
excepcionales fueron Casilda Méndez y Lena Imbert que estuvieron en el frente
hasta bien entrado 1937.
Las
razones para justificar el programa de confinamiento de las mujeres en la
retaguardia y que argumentaron formaciones femeninas y grupos políticos fueron:
eran más eficaces allí, puesto que estaban capacitadas para llevar a cabo las
tareas de apoyo bélico y su falta de formación militar y desconocimiento del
manejo de las armas. Las organizaciones femeninas sostenían que las diferencias
psicológicas y biológicas imponían su confinamiento
En realidad, había otro asunto de fondo del
debate. En otoño del 37, el problema de la prostitución, se había vinculado a
la presencia de las mujeres en el combate. Esta acusación fue decisiva para
desacreditarlas y motivar la demanda popular de que fueran expulsadas de los
frentes. Esta inculpación recibió una gran atención tanto en la prensa
republicana como fascista fue determinante y un instrumento eficaz para
confinarlas a la retaguardia. A menudo se vinculó a las milicianas con la
prostitución y antiguas milicianas habían denunciado un ataque difamatorio sobre
su integridad, orquestado tanto por la propaganda fascista como por las fuentes
de información republicanas.
Es de justicia traer la Memoria Histórica a
todas aquellas mujeres que, en la primera etapa de movilizaciones populares,
tomaron sencillamente las armas como respuesta inmediata a la agresión
fascista, al igual que lo hicieran los hombres.
Para terminar una cita de Casilda Méndez,
miliciana que combatió en las Peñas de Aya: “Mi corazón no puede quedar
impasible viendo la lucha que están llevando a cabo mis hermanos… si alguien os
dice que la lucha no es cosa de mujeres, decidle que el empeño del deber
revolucionario es obligación de todos lo que no son cobardes”.
Vicky Fernández, Asociación Cultural 'Entre Cañas'
BIBLIOGRAFÍA:
NASH,
Mary. Rojas. Las mujeres republicanas en la Guerra Civil. Madrid. Grupo
Santillana de ediciones, S.A. 1999.
ETCGEBÉHÈRE,
Mika. Mi guerra en España. Barcelona. Alikornio ediciones. 2003
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Fotos: Archivo Histórico Nacional
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Fotos: Archivo Histórico Nacional
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Fotos: Archivo Histórico Nacional |
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Milicianos y milicianas repeliendo un ataque. Foto: Archivo Histórico Nacional
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Documentación gráfica: Dori Castillo Delgado